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Un amor distraído

Hola a todos!
Les traemos un hermoso cuento de un joven autor y editor jujeño, Maximiliano Chedrese.

Ojalá que lo disfruten mucho y puedan descubrir qué sucedió con el crisantemo Nº12 que recibe Laura... ;)



CRISANTEMOS PARA LAURA
Los padres de Laura se van de viaje. Laura co­menta el suceso con Marta que lo comenta con Daniel que lo guarda para sí mismo. Ya en el pa­tio de su casa, mientras alimenta palomas, Da­niel tiene el pensamiento encaminado hacia un sólo destino, qué otro va a ser sino el de Laura. De esta manera, Laura se convierte en la llegada del camino que previamente recorrerá Daniel.
Acabado el alpiste, las palomas entre aleteos, plumas y caca, abandonan el patio de la casa de Daniel. Inmune al exterior, no percibe la mugre y sigue pensando en Laura con los brazos abiertos al final del camino. De llevar algo, piensa, sería un ramo de crisantemos. Busca en la guía telefó­nica... Flaber, Flanetti, Flecia, Fligo, Fligo hijo, Flo­rería.
-Florería, en qué puedo ayudarlo.
-Ando pronto de crisantemos para Laura.
-Espere un segundo. -Daniel sabe que eso de esperar un segundo es pura bondad del cualquier diligente-. Sabe señor, sólo me quedan once.
-Pero yo necesito una docena.
-Qué lástima, sólo tenemos once.
-Pero yo necesito una docena.
-Qué lástima. Déjeme decirle algo: las mujeres recibidoras de flores, de emocionadas, no se po­nen a contar.
-Mejor entonces. Paso a buscarlas en un se­gundo -dice Daniel sabiéndose no diligente.
Si la comunicación tuvo lugar a las diez de la mañana, Daniel llegó a la florería al mediodía. Los crisantemos estaban listos e incluían delicadas gotitas de agua. Daniel iba a preguntar si aden­tro del negocio llovía. Efectivamente preguntó:
-¿Adentro del negocio llueve? Porque vine des­provisto de paraguas. -La mirada fija de la mu­chacha detrás del mostrador, lo intimidó. Pagó silencioso y se fue.
Hay quien lo vio caminar con el ramo a toda prisa con envidiable alegría. Pero Daniel reía de nervios. Y no era para menos, ni bien se plantea­ba el hecho de que estaba a punto de jugar su primera y mejor carta con Laura, la dueña de vein­ticuatro horas de pensamiento ocioso. Aunque desde el punto de vista de la sorpresa, el proble­ma era que ella no lo conocía a él.
Caminaba, es verdad, casi al trote, a toda velo­cidad, corriendo. Fue un semáforo el que lo detuvo. Fue una mano que lo aferró del brazo, la que lo detuvo cuando el semáforo. Fue Laura de un grito aferrándolo del brazo, la que lo detuvo cuan­do el semáforo cambió a rojo. Gracias, atinó a decir Daniel mientras aún no la había mirado. Callado se quedó al encontrarse con sus ojos, y se escondió tras de sí el ramo de crisantemos. Una gota le descendía por la frente desde el cuero cabelludo y Daniel se acordó de que los crisante­mos también estaban llovidos. Ella aún lo tenía del brazo; no le había prestado mayor atención, estaba concentrada mirando el tráfico a la espera del verde para cruzar. Daniel sentía el incesante goteo desde el centro de la cabeza emanando como de una fuente, tuvo ganas de secarse la fren­te con la manga del traje pero en una mano tenía el ramo y la otra estaba inmovilizada por Laura que no lo miraba, mientras él empapaba el saco, la corbata, la nariz. Descubrió el ramo trayéndolo desde atrás de su espalda y lo contempló: los crisantemos lucían bellamente con sus gotitas de llovizna y él, todo empapado, contó once y dijo, por última vez, qué lástima.
Cuando el semáforo alumbró de verde, Laura bajó un pie a la calle dispuesta a cruzar llevando del brazo al despistado caballero. Primero se sor­prendió por la levedad del peso y mayor aún fue la sorpresa al darse vuelta y encontrar en su mano un ramo precioso con doce crisantemos. No había tarjeta, entonces Laura jamás supo del extenso camino que recorrió Daniel para llegar hasta ella.

Un poema de Mario Busignani

Además de Calvetti, Calvelo, Galán y otros poetas jujeños, leímos poemas muy lindos de Mario Busignani (1908-1990). Este es un soneto es del libro "Imágenes para un río", y todos los poemas tienen que ver con el río.

                          I
Cuando digo tu nombre, padre Río
mi corazón renace pez y greda
y en lo más leve de tu barro queda
henchido por las zafras del rocío.

    Cuando digo tu nombre desafío
la eternidad que en tu corriente rueda,
pampa de luz que en su trigal enreda
los vastos aires de tu señorío.

Busco en ti los confines del dorado,
los desiertos enjambres de la arena,
las sigilosas danzas chulupíes.
De tu latido y fuerza enamorado
muerdo en ti una recóndita colmena 
y en azúcar de polen me deslíes.


Un cuento bien jujeño

Hola a todos: Les presentamos a otro autor jujeño, Alberto Alabí. Es profesor en Letras y trabaja en el Secundario y la Universidad.
Este cuento fue premiado en Chile y seguro les va a gustar!

CHAROL - ESPEJO

Vos debés ser nuevo, ¿no?; ¿tenés hermanito? A tu edad yo también ya lustraba. A veces se me da por acordarme; no sé, será la edad o el cajoncito. Yo también tenía cajoncito hechizo, sin banqueta, me sentaba en un tarro de leche Nido. Pero me acuerdo que la moda obligada (sin resentimiento, no te creás) era casimir inglés con chalina de alpaca sobre los hombros (¡había que tener chalina de alpaca!) Los zapatos tenían que ser Guante prusianos, el sombrero de fieltro con visera volcada, la camisa Lavilisto blanca y Atkinson detrás de la oreja para los grandes. Bidú, Gomicuer, suspensores Casi, Far-West, Glostora y pastillas Volpi para los chicos. Digo para los hijos de padre con chalina (esta bigornia está chueca) Yo lustraba en la Belgrano y Necochea, me decían Hijito. Era el preferido de los subtenientes del 2 de Montaña, porque nadie dejaba las botas como yo. Primero una desbarrada general. Ahí nomás el Monje Negro preparada con saliva pura, una cepillada rapidita y el tincazo en la puntera para cambiar de pie. Mientras se oreaba la pata izquierda, repetía en la derecha. Después una castigada furiosa de paño blanco con el trapo de algodón. Ahí la bota quedaba caliente y sobre el pucho una untada generosa de Guasinton marrón militar. Primero la caña, bajar despacio hasta la capellada y rematar con la zurda el contrafuerte y con la derecha la puntera. Parece que le hacía como cosquillas, porque en ese momento el milico dejaba de mirar a las chuchetas del centro y clavaba la vista sobre la nuca de un servidor. Cuando me daba cuenta de que el coso me estaba mirando, sacaba los peludos y soltaba la fiesta: ponía los dos cepilllos en la derecha y -mientras me hacía el de buscar en el cajón- tiraba un cepillo al aire que pegaba un mortal limpísimo, pero yo me hacía el ocupado más en la búsqueda que en los malabares. El cepillo volador daba dos vueltas impecables en el aire y caía siempre contra la espalda del que quedaba en la mano. Yo (¡mentira!) seguía atareado buscando en el cajón, ¿ves? Cuando decidía encontrar la cera, remataba el acto con un salto mortal triple del volador y lo dejaba clavarse pelo a pelo con el de la mano. Esto almidonaba al militar y entonces remataba el acto con una rutina fragorosa de paño galopeado -previo toque de cera por toda la bota-. El final me dejaba la misma sensación que te da comer puchero, no sólo por el jueguito de los cepillos, que era como condimentar el plato, sino por el resultado charol-espejo de la bota; era como el eructo de la satisfacción. Después, como de postre, una franeleada con el trapo con la propaganda de Delgado -para relajar ¿ves?-, y terminaba el acto con una sonrisa de nene inocente. ¡Mira vos, nene inocente, ja! (calzá el cajón que está en falsa escuadra) Me encantaba la palmada de los subtenientes rubios y de bigotes que me pagaban sin esperar el vuelto (no, papá, primero sacá el barro) Pero me ponía como loco cuando me decían “Pibe, sos un campeón” No por lo de campeón, sino que pibe me sonaba a porteño, ¿ves?; se me hacía que no estaba en esa esquina, sino en Buenos Aires, y que los milicos rubios eran mis amigos. ¡Fijate, un lustrín amigo de los porteños y de los milicos! (la botamanga, levantá la botamanga) Para esa época, mi mamá ya pedía (¡guarda la media, pendejo!) A mí me daba una rabia bárbara que pidiera cerca de donde yo lustraba, porque todos me jodían. Los únicos que no me jodían eran los milicos, pero los otros me volvían loco. Es que mi vieja era muy joven todavía. De ahí me quedó el apodo de "Hijito", todos me decían Hijito (¡que te parió, guarda la media!) El que empezó creo que fue el moto Borsa, ya no vive. La miraba a la vieja como para dibujarla. Puta, y yo le rogaba que no cruzara la calle cuando los autos tenían luz alta, porque se le traslucían las piernas, pero ella nada. Era como hacerme la contra, cruzaba justo cuando el moto Borsa o el loro Chorbandi acomodaban los diarios junto a mi cajoncito. Yo de rabia lustraba como loco, me desquitaba con los trapos y ni escuchaba lo que me decía la vieja, porque me daba cuenta de que estaba presumiendo: hablaba para los otros, decía cualquier cosa; no sé, me contaba que había comprado carne para el almuerzo, pero siempre la morfe era mate y bollo, o decía que se había cruzado con mi maestra y a mí me habían echado como dos años antes (¡eh!, ¿qué me querés romper el tobillo?) Para colmo, hablaba a los gritos... Es que era joven, ¡qué querés! Gracias a Dios que los malevos se cortaban cuando ella estaba cerca y medio que se ponían respetuosos conmigo (ojo, la media) Pero lo único que yo quería era que se fuera. Finalmente se iba y era la misma sensación de volver a tragar aire, como cuando me nebulizaban en el hospital. Pero el remanso no duraba mucho porque, bien se alejaba la vieja, desaparecía el respeto contenido y de nuevo comenzar las historias de carne, saliva y gritos en las que mi mamá era siempre la actriz principal, ¡moto hijo de puta! (¡apretá el trapo, maricón!) Para lustrar en la Belgrano y Nechochea hay que ser pesao (¡poné más pomada, carajo!) El lugar se gana a lo macho y a lo macho me lo gané. Antes no era como ahora, no, antes había escalafón jerárquico, y tuve que desplazar al titular por la razón o la fuerza (¡no, no, dejalo que se oree más!) En orden ascendente fueron: el ciego Abán (violín estallado contra el piso); Vidalita Tolaba (sustracción de bicicleta y lesiones en el cuero cabelludo); la Calandria Vega (atenciones sexuales); el Pocoto Abeijón (amenaza de incendio en el domicilio particular) Llegar a instalar el cajón en la Belgrano y Necochea no sólo me costó las maniobras anteriores sino caerle simpático a Borsa y Chorbandi. Costó bastante, pero de a poco me los fui ganando; claro que tuve que comerme muchas delicadezas referidas a mi madre. Lo fiero no eran las bromas, sino esas risas gritadas como alaridos con las que se festejaban las ocurrencias -sonaban como despertadores dentro de una olla, como cajas de herramientas derramadas en un confesionario-. Pero algún sapo hay que tragarse. ¡Pobre vieja!, en esa época todavía sabía vender flores (primero calentá con el cepillo y después pasá el trapo, chambón) Los pobres nunca pueden ser felices del todo, ya te vas a dar cuenta, changuito. Cuando logré instalar el cajón en la esquina, no pudimos celebrar como corresponde porque justo se había muerto la criatura. No es que no tuviera pena, no, pero había logrado un lugar tan importante que quería estar alegre (aflojá los cordones y meté la pomada debajo de las trenzas, no, en los dos, ¡boludo!) Me duró poco la alegría porque como a la semana empezó a caer mi vieja. Se había atado el pelo con un pañuelo verde y acarreaba al hermanito muerto como si estuviera vivo; ya se le notaba una cosa rara en los ojos. Al principio no dije nada, pero como a los dos meses la cosa seguía, entonces empecé a hacerme el que no la conocía (mirá, la próxima mancha y no te pago ni mierda) ¡Qué querés! era visitarme todos los días con el fiambrecito. ¿Vos has tocado el cuerpito frío de un bebé muerto? La verdad es que estaba muy frío, ¡puta, eso era lo que me impresionaba! La pobre vieja me saludaba, hacía que lo besara en la frente helada y se me instalaba en el descanso de mármol de la farmacia para amamantar a la criatura muerta. Así estaba durante horas, cambiando de teta al cadáver de mi hermanito muerto, hasta que había que levantar el cajón y rajar para la casa. Para colmo yo tenía que cocinar y volver. Y volver era volver a escuchar las historias de Borsa, que sin sacarme la risa de encima decía que «todo era nada más que para mostrarle las tetas» (¡que te reparió, la tinta está aguada!, limpiá, limpiá. ¡No!, con el trapo limpio, ¡pelotudo! ) La calle te enseña de todo. La calle es de nadie y te la tenés que ganar. Es cosa de ver quién es más macho. Primero, llegás y tenés que aguantar, después vas midiendo al más blando y lo apretás, después al otro y al otro. Después te ganás un puesto y esperás, siempre hay un momento para ascender o para desquitarte porque esa es la ley de la calle: vengarte o ascender. La calle siempre te da desquite. Pasan autos y alguien -sin querer- empuja a alguien, eso es desquite; se le muere un pariente a un lustra y cuando vuelve del velorio, su lugar ya está ocupado, eso es ascenso. Pero en la ley de la calle nadie pide explicaciones ni por el puesto perdido ni por el accidente dudoso. Entonces, casi sin querer, vas sabiendo de qué se trata. Y, de repente, sos el dueño de la calle y organizas a los lustras para que trabajen para vos, eso da guita. Entonces te entran a respetar. Y ahora sos el dueño de la calle y ya no tenés que lustrar, ahora te lustran y te respetan. Ya no le tenés miedo al moto Borsa -porque murió en un accidente-, y el loro Chorbandi festeja tus ocurrencias con esas carcajadas de fierrerío estallado en el piso. Ahora sos vos el de este casimir inglés y esta chalina de alpaca... — ¡Pero qué carajo tengo que contar esto!... Lustrame, pendejo. Lustrá bien, carajo. Terminá rápido que ahí viene la loca del pañuelo verde... ¡Yo no sé qué mierda le tengo que contar esto a un pendejo como vos!... ¡Lustrá, carajo!

AMORES QUE MATAN

El cuento y la pintura forman parte del libro Palabras pintadas. El texto pertenece a Patricia Calvelo, escritora jujeña y la pintura a la docente en Artes Plásticas Daniela Iñigo, también jujeña. El libro se publicó este año y tiene 14 cuentos de autores jujeños ilustrados por artistas plásticas de nuestra provincia.
CAPILLA ARDIENTE


Finalmente se ha quedado dormida. Después de llorar y llorar por él durante tantas horas.
Después de mirar y mirar las fotos de él y acariciarlas y besarlas sin poder parar de llorar. Después
de rezar y rezar para que él vuelva. Después de encenderle una velita a San Antonio para que él
vuelva. Y otra velita a Santa Rita. Y otra a San Expedito para que él vuelva. Y sus rezos son oídos: él
vuelve. Un poco tarde, vuelve, porque el fuego de las velas ya ha consumido todo: la imagen de San
Antonio, la de Santa Rita, la de San Expedito, las cortinas, la cama, las fotos de él, el cuerpo de ella.

LA VIDA COTIDIANA EN POESÍAS



VAN TRES POEMAS.....
(MOMENTOS FELICES 1)
Cuando mi mama hacia postres Royal de chocolate y me dejaba la olla para raspar.
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¿Todavía hay que seguir viviendo un montón?
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La primera niebla de la temporada...
                                                                                      

                                    (Ahora va a empezar de nuevo el invierno)
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 AHORA OTROS POEMAS.....

Ganas de estar con vos

(Mayo...
Ya se me va a pasar...)
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LO QUE QUEDABA DE MÍ      
Soy feliz ahora que me metí en la cama y me como un pancho con el tele prendido.
Sé que ni bien apague la luz,
el sueño.
(Y listo).
           

 Con la lectura del libro "Quinotos al Wisky" pudimos aprender que existen varias maneras de hacer poesía. La autora en este caso relata sucesos de la vida cotidiana; como los ejemplos mencionados anteriormente y nos muestra una manera distinta que desconocíamos de cómo podría ser un libro de poesía.
Hojas en blanco, espacios grandes y frases sueltas, demuestran su personalidad y estilo al escribir.
En nuestra opinión fue muy interesante leer su libro ya que es distinto a los demás libros que alguna vez leímos y nos divertimos mientras  leíamos sus páginas.
Definitivamente podemos recomendar los libros de la autora Melisa Ortiz a aquellas personas que tengan ganas de un tipo de poesía totalmente desestructurada y divertida.                                                                                                                                       

ESPERANDO UNA MUERTE QUE NO LLEGA: MORIR UN MARTES


¿QUÉ PASA EN MORIR UN MARTES?

En el relato “Morir un martes” de Mita Homs, se hace presente un tema en particular: la muerte, a lo largo del mismo se describe el apurado y el agitado día de una familia por la salud del abuelo, quien después de tanto indicio sobrevive a una operación. Se describe minuciosamente la preparación para el supuesto velorio, cómo la esposa de Arnaldo, convencida de la muerte de su suegro, realiza todos los preparativos, desde el sepelio hasta el atuendo a utilizar, el peinado, la combinación de su vestuario, etc.
A su vez se manifiesta la constante preocupación por la distribución de la herencia que dejará su suegro. Si bien se lo muestra como un hombre avariento, desconfiado y codicioso hasta la enfermedad, ella supone que parte de la herencia le corresponde a su familia.
A través de todo esto se observa que es una familia de alta clase social, por eso la importancia de la imagen frente a los demás.
Sin embargo luego de tanto alboroto por el acontecimiento, la mujer de Arnaldo se lleva una gran sorpresa al enterarse de que su suegro había resistido a la operación, tanto tiempo y preocupación desperdiciada sin razón alguna!!!!
Como es evidente, Mita Homs nombra a este relato así por el hecho de la incomodidad que tiene la familia de que el abuelo falleciera un día martes, ya que Arnaldo sólo podía tomar dos días de luto y volver al trabajo, se menciona que quizás hubiese sido mejor que ocurriese en un día miércoles, para recuperarse durante el fin de semana.

AHÍ TE PASAMOS EL CUENTO...



MORIR UN MARTES
MITA HOMS

Sabe que va a tener que correr toda la mañana, que será su tiempo en contra del reloj.
La madre ya está encargada de retirar a los chicos de la escuela y después del almuerzo, ayudarlos con las tareas. Según como se presenten las cosas, se quedarán a dormir con ella esa noche. Pobrecitos, los chicos. Y bueno, tarde o temprano. A Luciano le afectará más, que miraba los partidos con el abuelo.
Pasa el cepillo sobre la chaqueta de color celeste tirando a gris,  planta el pantalón y lo acomoda en una percha que cuelga en la puerta del placar. La camisa de tono marfil ya está en el respaldo de la silla. La combinación de colores va bien para el primer día del velatorio. Para el sepelio tiene el trajecito negro sin uso- tan caro, ese trajecito- con la camisa blanco tiza. Mala suerte un entierro para estrenarlo. Si se lo pudiera realzar con un pañuelo colorado o al menos de color rosa viejo volcado sobre el bolsillo del saco quedaría perfecto, pero ni pensar algo así en el entierro de su suegro.
No esperaba el anuncio antes del mediodía. Pero antes tiene que hacer las colas para pagar el teléfono y la tarjeta, porque Arnaldo no va a poder. Y después el turno con Luis Ramón para peinado sobrio, lo más clásico posible.
Ese señor, e suegro, siempre complicando las cosas. Morir un martes, enterrarlo el miércoles, recibir a las visitas el jueves y volver el viernes a trabajar, porque Arnaldo por fallecimiento del padre, apenas tiene dos días hábiles de permiso. Morir un miércoles hubiese sido más cómodo, quedaría el fin de semana para quedarse y  recuperarse.
El teléfono. Amelia.
-¡Ay, Amelia, estoy tan angustiada…! …¿No sabías…? Lo están operando a mi suegro… y claro, si no lo operan se muere, pobre hombre, vos conoces su problema…pero el corazón…claro…no puede aguantar una anestesia…Arnaldo está en clínica, sí…y…él confía en los médicos…no sé lo que dicen los otros hijos, yo no quiero intervenir, ellos dicen, pero con la mano en el corazón te digo, este hombre no sale…estoy esperando que me avisen de un momento a otro…qué vamos a hacer…imaginate cómo me siento…¿qué decís…?¿María Pía…?... no se puede creer, ¿quién te lo dijo?...bueno, después me vas a contar todo…sí, cualquier cosa te llamo…gracias, querida, te agradezco mucho.
¿No tiene nada que hacer, Amelia, que llama a cualquier hora? ¿No se da cuenta de que una no siempre está disponible para charlotear y decir que todo está estupendo, claro como siempre y pasar a los chismes? Amelia no; se sienta, marca un número y se pone de visita. ¿No entiende que ella esta asando por una situación muy especial, de familia, que tiene que correr de un lado a otro y preparando para el sepelio? Pérdida de tiempo ese llamado. Y Luis Ramón, tan histérico con los turnos.
El timbre. La vecina.
Gracias Rosalía, qué quiere que le diga, en eso estamos, Sí, la vida, y bueno, cuando nos toca, nos toca. De corazón le agradezco, sí, cualquier cosa, le aviso. Gracias, Rosalía, pierda cuidado.
Es increíble como el teléfono y el timbre desarticulan los tiempos. Si no se apura perderá el turno de Luis Ramón. Ese marica siempre le hace notar que llega tarde y la pone esperar media hora por lo menos. Hoy no puede perder media hora, tiene que estar  lista antes del mediodía.
Piensa que para salir precipitadamente a la clínica, está bien un conjunto deportivo casual y en tonos lilas, pero el peinado ya tiene que estar arreglado porque después no habrá tiempo. Al volver del sanatorio, mientras los parientes se encargan de esas cosas de los sepelios, se pondrá el trajecito celeste con la camisa marfil y tendrá que instalarse el resto de la tarde en la sala del velatorio. Parte de la noche también. Tiene que recordarle a la madre el jarabe de Marcelita, la madre anda floja de la memoria.
¿Qué perfume para la tarde? ¿Chanel…? No demasiado antiguo. Mejor Poison, clásico también, aunque más liviano.
Vuelve desde lo de Luis Ramón, después del pago de la factura del teléfono y la tarjeta, antes de las doce. No hay mensajes en el contestador. Se retoca apenas el pelo y ensaya un maquillaje natural, mientras espera el llamado de Arnaldo. Se sienta, enciende la radio, abre una revista y recuesta la cabeza. Ha sido una mañana agotadora.
¿Qué pensarán hacer los hijos con el local en pleno centro comercial? ¿Y con la casa del viejo?, un chalet enorme demasiado para la suegra sola.
Ah…el chalet…Marta, su cuñada, insinuaba sus derechos sobre ese inmueble. Y estaban los terrenos en Monte Hermoso, que eran un pedregal cuando el suegro los compró por monedas y ahora valen una fortuna.
Ni qué hablar de hablar de los papeles que tendrán que aparecer cuando revisen la caja fuerte. Más de uno se va a llevar una sorpresa porque el hombre era desconfiado, avariento y codicioso hasta la enfermedad.
La despierta el timbre. Es Zully, otra vecina que la invito a tomar café en su casa la noche anterior y a la que le confió su angustia por la decisión de someter al suegro a una operación que le podía costar la vida, pobre señor, pero era la decisión de sus hijos. Y Zully entendía que en esos casos, en los lazos de sangre, no hay que intervenir porque generalmente es peor.
Zully viene a preguntar si hay las novedades. Ella la sienta a su lado en el sofá, le extiende las manos y de verdad, se siente conmovida por el cariño de esa mujer que no es de la familia ni sabe  nada del local del centro ni de los terrenos  de Monte Hermoso ni de la caja fuerte de ese viejo egoísta que le había corroído los últimos quince años de su vida, pero le ofrece su afecto. Es algo muy fuerte tanta generosidad, la hace caer en llanto. Ella es muy sentimental.
Le hace bien llorar. No se anima a preguntarle a Zully si el trajecito celeste pastel le parece bien para un velatorio, aunque no puede dejar de preguntarse si algo más neutro, más gris, no iría mejor. La amiga se ofrece para acompañarla a la clínica cuando le avisen.
Entre lágrimas, se separa de Zully. Vuelve al sillón y se pregunta si Arnaldo, tan complaciente con sus hermanos, tan bueno- si bueno para evitar discusiones-, será capaz de dejarse arrebatar lo que le corresponde por herencia. Porque ella los conoce bien.
Pero no… ¡ah, no! A ella no le van a despojar, se trata también del derecho de sus hijos.
Se levanta de un salto. Vuelve al dormitorio, revisa el trajecito celeste o gris, ya no importa el tono y encuentra, cerca del primer botón, mancha, no muy destacada, pero visible, en el impecable atuendo que piensa vestir para ellos recuerden que están ante una persona de clase, que si tienen que medirse con ella, tendrán que cambiarse de estrategia. Piensa muchas cosas mientras frota la mancha, que al final cede y el trajecito termina inmaculado.
La despierta el ruido de la puerta de entrada al cerrarse, tiene que ser Arnaldo. Se endereza, se acomoda el peinado, apoya la mano a la altura del corazón y se prepara.
Como si viniera de otro mundo, Arnaldo le da un beso, tira el portafolio, se afloja la corbata, se derrumba en el sofá y dobla el brazo sobre la frente.
Ella se aproxima. Arnaldo está respirando con los signos inequívocos de quien se hunde en el sueño tras el agotamiento.
-Arnaldo…-lo llama suavemente-querido…Arnaldo mueve el brazo como si espantara un insecto, vuelve el rostro hacia el respaldo. Está roncando.
-¡Arnaldo!
Arnaldo se sobresalta, la mira.
-¡Arnaldo! ¿Qué pasó…?
Ella todavía tiene manos sobre el pecho.
-Lo operaron a mi papá, esta mañana…
-Sí… ¿Y…?
-Y bueno salió bien…
-¡Cómo que salió bien…! ¡Y la anestesia…y el corazón…!
- No, no le dieron anestesia general, el corazón no lo hubiera resistido, pobre viejo.
-¿Y entonces…?
-No sé, el anestesista es un profesor de la Facultad, un capo…Perdóname, querida, estoy desarmado.
Vuelve a recostarse. Al menos se incorpora.
-¿Y los chicos?
Se pasa la mano por la cara, hunde los dedos en el pelo, lo tira para atrás, termina de despertar y la mira.
-Tengo hambre, mirá vos; ahora me doy cuenta de que no comí nada en toda la mañana, ¿Qué preparaste para almorzar?

EL DIÁLOGO ENTRE PALABRAS E IMÁGENES

Dibujo de Mujer (1999)

NÉLIDA CAÑAS

En el libro Dibujo de mujer, la escritora Nélida Cañas expresa a través de la poesía su interpretación de las obras de Frida Kahlo.
Al ser las obras de Frida Kahlo su punto de partida e inspiración, la mayoría de los poemas hablan de los sentimientos que la artista transmite en sus pinturas y  los sentimientos vividos en diversas situaciones de vida de Frida Kahlo. En su mayoría los poemas reflejan los sentimientos de dolor, sufrimiento, pérdida, impotencia, añoranza, enamoramiento, resignación, porque así fue la vida de la artista plástica.  

PARA EL BLOG HEMOS ELEGIDO TRES POESÍAS QUE ACOMPAÑAMOS CON LAS PINTURAS DE FRIDA, OJALÁ LES GUSTEN!!!!!!!!!!

           LA MÁSCARA (1945)

Frida oculta
su rostro
la máscara ofrece
la mudez del dolor

la sombra de la locura
se retuerce
en las vértebras

hay un delirio
de cabello púrpura
  Frida a través de aquella máscara oculta su dolor, su tristeza , la locura, el desagrado por un accidente que la marcó por el resto de su vida.
Al ser una mujer fuerte no podia mostrarse débil ni vencida; colocándose la máscara podía continuar luchando he intentando vivir su vida.


SIN ESPERANZA (1945)

La impotencia
de la desnudez
bajo la sábana
del hospital
El rictus de la boca
gritando entrañas
coágulos de sangre
animales despojados

Y la muerte
la muerte que acecha
en la pálida luna
en la tierra reseca

El poema habla sobre una Frida vencida, postrada sobre una cama de hospital, imposibilitada y sobre todo molesta con el mundo y con ella misma por aquella enfermedad que la está consumiendo.
Sufre al caer en cuenta que la muerte está a su espera; maldice y odia la situación por la que está pasando y no soporta la impotencia de no poder hacer nada; todo se vuelve gris para Frida, ya nada le devolverá la vida.

RECUERDO (1937)

Traspasada de dolor
la hechicera de la luna
alberga el vacío
su vestido de tehuana
y su traje de estudiante
cuelgan separados
sobre el agua y la tierra
desprendidos de su cuerpo
como quien arranca
uno a uno los brazos
su corazón de fuego
arroja sangre
el hueco de su cuerpo
 rechazado
sostiene una barra
con dos cupidos
meciéndose indiferentes
lágrimas de sus ojos
lavan un rostro
que se ha perdido



En este poema se habla sobre el pasado de Frida: niñez y adolescencia, cada uno de ellos se les fue arrebatado por pasar del tiempo y sintió como si perdiera parte de ella misma.
Demuestra una Frida triste, vacía, con el corazón herido por el engaño de dos seres muy queridos: su hermana y Diego Ribera.
Se siente olvidada, perdida, varada entre los recuerdos. entre dos momentos claves y muy importantes de su vida, los cuales extraña.

ESTAR LEJOS, EXTRAÑAR Y OLVIDAR...POESÍAS DE JUAN PABLO PAEZ


           hoteles


todo tiembla cuando tiembla la luz
Gastón Bachelard


a través de los auriculares
tu imagen asalta este poema

ahora estoy
aquí / y / ahí
al mismo tiempo

las alas se apagan pulverizadas 

Estoy de espalda frente a la imagen donde dormís. Las palabras -al oído- susurran lo mucho que me querés. Y el eco retiene eso de mucho y golpea.  

cuando limpien
los rastros de luz se levantarán con cuidado



              respiración
                                                                                                          
                                                                                              Sólo yo conozco el dolor
                                                                                                              que lleva mi nombre
                                                                                                  Susana Thénon
                                                             
                                oculta está su cara
                                 peina un cabello que ya no es el suyo
                                 a pesar de pertenecerle a su cuerpo
                                 de niña le enseñaron cómo debía peinárselo
                                 hoy
                                 tantos años después
                                 ha olvidado la voz de su madre
                                 pero peina su cabello como debe

                                 de niña era desobediente
                                 y por eso la castigaban
                                 y por eso siempre la retiraban de la mesa 
                                 con la comida atragantada
                                 sin poder llorar, con la boca llena de lágrimas

es una extraña la que hoy en el espejo
se sienta frente a ella

(en el momento preciso la abandonará,
lo sabe)

piensa que esta noche
ella debería comprenderla y no ahogarla
no esta noche que todo pende de un hilo

las niñas que son desobedientes
saben que las castigarán
y aún así se ofrendan en cada cena

                         

                               Caja de deseos
                                                                                                                                    A QUIENES SABEN LO LEJOS QUE ESTÁS

entre tu nombre y el mio están los otros nombres
entre tu cuerpo y el mio, soledades

no importan las palabras
ni lo que de ellas tomamos

las fotografías deshacen tu cuerpo
como un videoclip

de pronto
una historia escondida camina
entre esa música
que descubro




PODÉS ENCONTAR TODOS LOS POEMAS DE JUAN PABLO PÁEZ EN ESTE BLOG: http://lasolasdelreloj.blogspot.com.ar/2012/06/hoteles.html




Los 3 poemas que hemos elegido “RESPIRACION”, “HOTELES” y “CAJA DE DESEOS” fueron escritos por Juan Pablo Páez. Estos están relacionados por referirse a temas similares como la ausencia y el olvido.
Son poemas breves de versos son libres, es decir que no cuentan con una estructura fija y tampoco poseen rima. No contienen un epígrafe o una introducción que nos permita anticipar lo que el autor nos quiere decir. El esfuerzo está en el lector.
Generalmente los títulos de las poesías nos adelantan  su contenido pero en este caso no están muy relacionados con el desarrollo;  sin embargo son títulos que nos llaman la atención y nos invitan a leer las poesías. 
Podemos percibir en ellas un tono melancólico, por ejemplo en  el poema ¨CAJA DE DESEOS¨:

entre tu nombre y el mío están los otros nombres
entre tu cuerpo y el mío, soledades.

 Y así tomar como subjetiva la postura del autor.

Presenta un lenguaje totalmente accesible y fácil de comprender, es decir que las palabras fueron acomodadas con naturalidad.
En lo personal nos gustaron mucho por el hecho de que eran fáciles de comprender y porque de alguna manera representan los sentimientos de una persona cuando quiere olvidar a otra o cuando pierde a un ser querido.



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