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¿Capa o corazón?
Era una tarde de verano como cualquier otra. Yo estaba con el estómago vacío y la cabeza aun más…
De pronto me encontré caminando cerca del río Grande sin entender que hacia ahí; resolví sentarme en una piedra a pensar que seria de mí el resto del día. Cuando sentí ruidos miré a mi alrededor y observé un tumulto de gente sobre el puente. Entre ellos alcancé a  ver un coche bomba y bomberos recibiendo ánimos para terminar de colocarse el equipo, mientras calculaban en cuánto tiempo llegarían abajo.
 Traté de buscar el motivo de tanto alboroto y una imagen me conmovió. Vi a dos niños rodeados por la corriente que bajaba con fuerza. 
Fui corriendo a rescatarlos pero el agua me empujó hacia atrás como alertándome sobre el riesgo al que me exponía. 
Desistí.
De repente se me llenaron los ojos de lágrimas y pensé que ellos morirían, los bomberos parecían haberlo asumido. Sentí tanta impotencia y odio a la indiferencia...
En ese momento mi miedo quedó atrás con ellos y decidí arriesgar todo.
Me saqué todo lo que podría estorbarme y me adentré en el río. Sentí las piedras golpeándome y a los niños pidiéndome auxilio. Ya no les quedaba tiempo.
Ellos se tomaron de la mano y así logré alcanzarlos sintiendo que mis fuerzas se agotaban.
Logré rescatarlos, no podía creerlo. Sentí un aplauso solitario pero no me llenó el alma como ver la cara aliviada de esos niños. 
En ese momento descubrí que no todos los héroes usan capa, algunos usamos el corazón.



ANABEL CACHULLANI  y  CARLA COCA.

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Esta es nuestra versión del cuento de Mónica Undiano que leímos en el taller "Soy autor".

Un Misterioso Desconocido


U
na mañana de verano como cualquiera, se había difundido por prensa que en la mañana del 20 de enero se llevaría a cabo el tradicional concurso de pesca anual a orillas del Río Grande.

Ese día en el puente donde ocurriría todo se formó una odisea: payasos, choripaneros, turistas, gente aficionada de la pesca, en fin, cualquiera que estuviera allí encontraría indefectiblemente a un conocido.

Antes que se iniciara el concurso tras una noche ventosa del día anterior, los bomberos tuvieron que concurrir al lugar para arreglar algunos imperfectos; mientras ellos se preparaban la gente esperaba ansiosa a que ya finalicen así  daba comienzo el concurso tan esperado.

 El Río, en cambio, se enfurecía y tomaba  más fuerza para arrasar con sus aguas ese concurso de pesca, él sabía que allí morirían varias de sus valiosas compañías, sus amados peces. Así fue como comenzó a avanzar con furia hasta formar un torrente fuera de lo común. La gente miraba expectante.

Mientras hacía su avance orgulloso y enojado, vio en uno de sus brazos a dos inocentes niños que jugaban despreocupados, los cuales siempre lo alegraban en su soledad; no les quería hacer daño, pero sabia que sus aguas los lastimarían, así que para salvarlos decidió sacar su alma y su persona. Así fue como se transformó en hombre y los salvó de su propia furia tras una larga lucha con su propio yo.

Al llegar a la orilla los niños le agradecieron y cuando le dieron la espalda a ese gentil hombre, este tomó la forma de su verdadero yo, desvaneciéndose, orgulloso de lo que había logrado.

La gente miraba confundida la difusa imagen, no entendía lo que pasaba y solo en su cabeza el esperado concurso.

¿Quién era el héroe? Nadie lo sabe, solo los niños y el Río Grande.

                                                                    Camila Giménez y Antonela Juárez

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OTRO CUENTO DEL TALLER "SOY AUTOR"

Sueños de Libertad
     

      Como todos los viernes me dirigí al supermercado a hacer las compras semanales, llovía un poco pero todo se veía normal hasta que llegue al puente San Martín. Repentinamente una luz brillante me cegó, un camión enorme venia en dirección a mí, no pude hacer nada, no pude evitarlo todo fue demasiado rápido. Caí al río y golpee mi cabeza contra una piedra, sangraba pero no sentía tanto dolor. Estaba un poco mareado y notaba como el agua iba inundando mis piernas cada vez más rápido. No entendía lo que sucedía, a lo lejos dos niños pedían ayuda, no lo pensé demasiado e inmediatamente fui a socorrerlos. Fue difícil pero con esfuerzo lo logré, había salvado a los pequeños.
     De un momento a otro empecé a escuchar sonidos extraños, voces todas hablaban de mí, me sentí aturdido, desorientado, repentinamente se nubló mi vista, sentía que no podía abrir mis ojos pero al fin lo logré. Una habitación blanca llena de aparatos me rodeaba y un hombre con delantal blanco me observaba atentamente. Estaba en el hospital como todos los días de mi vida, postrado en la misma silla de ruedas que no me deja vivir, que me aprisiona.
     Es triste pensar que esto no fue más que un sueño, uno de los tantos que por un lado me hacen vivir otra realidad pero por el otro no hacen más que recordarme mi miserable situación. Todos soñamos alguna vez que vivíamos las más grandes aventuras, cada uno protagonista de grandes hazañas, o simplemente junto a aquella persona que deseamos tener a nuestro lado. ¿Quién no los ha tenido?
     Sinceramente no sé si vale la pena soñar, imaginar todo esto que me hace daño pero que me da una mínima felicidad. Es mi forma de huir de todo esto, solo cierro mis ojos y me veo a mi mismo, viviendo la vida que desearía vivir y no la que me tocó, anhelando alcanzar mis sueños de libertad.


Virginia Arce, Luciana Alfaro y Martin Matorras.

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AQUÍ VA OTRO DE LOS CUENTOS QUE HICIMOS EN EL TALLER "SOY AUTOR"

  Un sábado por la tarde un hombre decidió llevar a su familia al
río, para salir un poco de la rutina.
 Al llegar, los niños quisieron ir a jugar un rato antes de comer,
el padre accedió y pronto los niños se instalaron en una pequeña
laguna que vieron a la distancia, mientras sus padres los vigilaban
desde la orilla.
   Poco tiempo pasó hasta que la madre comenzó a escuchar gritos que venían desde el puente, y mientras los gritos se hacían cada vez más fuertes, vieron pasar un coche bomba a toda velocidad. 

Se inquietaron al verlo pero esa inquietud se convirtió en miedo cuando observaron que la gente se amontonaba en el puente y en las defensas del río. Al voltear el hombre ve que una gran ola se acerca, rápidamente ayuda a subir a su esposa; al buscar a sus hijos, ve que a lo lejos seguían jugando, les gritó con todas sus fuerzas, pero fue inútil... el agua ya los había alcanzado. 

El padre corre hacia los bomberos, desesperado, impaciente, les pide que ayuden a sus hijos. 
Pero tardan demasiado.
  De pronto siente que los gritos de la gente se intensifican,
temiendo que el agua se haya llevado a sus hijos. Corre hacia el
puente y rompe en llanto cuando ve que un hombre se acerca a la
orilla con sus hijos en brazos.
   En la orilla, el padre de los niños junto a su esposa esperan la
llegada de sus hijos y al hombre que arriesgó todo por ellos. Ven a
sus hijos trepando las defensas para llegar hacia ellos, pero no ven
al sujeto.
   Todos los que estaban ahí celebraron cuando los niños se
reencontraron con sus padres; el hombre entre sollozos, preguntaba a las personas si habían visto al héroe de sus hijos, pero todos decían
lo mismo “Él trepó las defensas del río atrás de los niños pero luego
no lo vi más”, y al preguntarles si lo conocían, todos respondían que
no.
   Al llegar a su casa y con los chicos ya calmados, el padre les
preguntó quien o cómo era el hombre que los había ayudado; los niños corrieron a la sala diciendo que llevarían una foto de su héroe. El padre no entendía lo que estaba pasando, cuando vio que los niños llegaban con una foto de su abuelo fallecido hacía más de veinte años.

                                                                                                                     Fabiana Noel Tejerina

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Esta vez les presentaremos un cuento armado por nosotras, alumnas de 2 A  del polimodal. Este cuento se armó  en un taller que tuvimos en el colegio, el cual se llama “SOY AUTOR”.  Es un taller que combina el arte de leer, escribir, pintar y actuar; para eso había un profesor de letras, una de dibujo y otra de teatro que nos iban guiando en las diferentes actividades.
Nos dieron un pequeño libro con diferentes cuentos seleccionados de diferentes autores jujeños, de los cuales los profesores eligieron para que trabajemos: “En el Grande”, de Mónica Undiano.
Lo leímos y de acuerdo a este nosotros lo distorsionamos e hicimos nuestro propio cuento y de ahí nos hicieron que hagamos un collage sobre el personaje principal con un entorno diferente.  Esa es la nueva entrada al blog que vamos a postear  ahora.

VA PRIMERO EL CUENTO DE MÓNICA UNDIANO QUE LEÍMOS


En el Grande
                 (Homenaje a un desconocido. Sucedió una tarde de verano de 1998.)

El coche bomba estaba estacionado al final del puente San Martín y al frente de la seccional de policía, al verlo, algunas personas se detenían para averiguar qué lo había llevado ahí. Dos bomberos descargaban apresuradamente unos trajes amarillos, botas, sogas. Los minutos pasaban desaforados, el tumulto era cada vez mayor, los autos estacionaban de uno y otro lado, los curiosos se aglomeraban sobre la baranda norte y cuando descubrían el motivo de tanto alboroto se llevaban la mano a la boca o cerraban los puños, silenciaban.
El cielo, decidido a desplomarse había soltado, durante la noche, todo lo que tenía, y parecía tener más, más. Por la mañana el día apenas fue día, la oscuridad danzaba por todas partes. Las calles habían quedado con cascotes, piedras, ripio, basura, ramas, cables, las personas resurgían de un miedo ancestral para retomar su ritmo diario. Después de los primeros aguaceros de verano los ríos todavía no habían crecido pero se sabía que en cualquier momento rugirían.


El Río Grande, inofensivo durante muchos meses era el lugar ideal para aventuras, un ajuste de cuentas, alguna lágrima. Esa mañana la lluvia nocturna había convocado a los dos hermanos inocentemente. Cuando subieron al paredón que impide que las crecidas se lleven los barrios, vieron que el paisaje seguía quieto, como siempre. Desde donde estaban podían ver los autos
que pasaban veloces por el puente cercano, pero nada de eso les interesaba, sabían de un pozo para bañarse.
Era tan fácil distraerse, chapotear en esa agua plana de río de montaña, que no prestaron
atención al ruido, ni al repentino color achocolatado que los rodeaba, ni a los gritos alarmados de personas que cruzaban el puente.
De repente uno de ellos se dio cuenta de que se le mojaban los pies, sorprendido, miró para el norte, para el lado de los cerros y ya no les quedaba tiempo... la corriente bajaba con fuerza. Sintieron el ruido, vieron el agua marrón llena de palitos que los rodeaba. Con desesperación trataron de alcanzar la orilla pero ya no tenían hacia donde correr, una viscosidad fría, viciosa, les lavaba las canillas. Se tomaron de la mano para avanzar hasta una pequeña isla de ripio que permanecía escéptica a la catástrofe. Desde allí el espectáculo era dantesco. Supieron que no serían escuchados. Miraron hacia el puente y vieron muchas cabezas, manos, brazos. El bramido era iracundo, sin embargo, a sus pies, podían oír el choque de piedra contra piedra como un aplauso solitario y luego otro y luego otro. Querían salir corriendo pero un vago, muy antiguo sentido los tironeaba a permanecer donde estaban. La vista de los hermanos abarcaba una llanura marrón y ondulante que los hipnotizaba, los convocaba hacia su lecho.
Desde las barandas del puente trataban de dar ánimo a los bomberos para que terminaran de colocarse el equipo, a la vez que calculaban cuanto tiempo pasaría hasta que la pequeña isla fuera cubierta por el agua, algunos les gritaban a los niños que no tuvieran miedo, que pronto los ayudarían, que no se movieran.
Los chicos lloraban, no sabían nada de los bomberos.
Súbitamente, en medio de exclamaciones de sorpresa, y como surgido de una niebla inexistente, de un sueño borroso, de la misma nada, los del puente pudieron ver que más arriba, mucho más arriba de donde estaban los bomberos, del lado de Chijra, un hombre en pantalones cortos se metía en la corriente. El agua le llegaba a la cintura y era fácil imaginar que las piedras golpeaban y arañaban sus piernas desprotegidas, que un mal paso o un remolino se lo podría tragar, pero él avanzaba en diagonal al cauce, con una superioridad sobrehumana, su vista fija en el horizonte de dos pequeñas cabezas, su torso bañado por las miradas de todos los que observaban, boquiabiertos.
Los bomberos quedaron en suspenso con sus trajes amarillos y sus cuerdas a medio desenrollar, ellos también miraban.
El desconocido avanzaba sin disminuir su empuje, sin disimular su desprecio por el río, pero las aguas lo envolvían y el rugido ostentaba una creciente como pocas. En un último combate el hombre alcanzó la isla, sin perder ni un aliento acomodó al más pequeño en su cadera izquierda y con su brazo derecho rodeó al mayor por debajo de las axilas para lanzarse nuevamente al fiero ronquido de las aguas furiosas.


La lucha ya había sido desigual, hasta un coloso era apenas una cáscara para esa naturaleza
exuberante, arrolladora. Y no se dieron tregua. Conocedor, el hombre eligió regresar sobre sus pasos, Los chicos lo habían abrazado como se abraza al olvido, con la esperanza del recuerdo, con la esperanza de la otra orilla. El avance era lento, los curiosos contenían el aliento, pretendían ayudar con sus voces, empujaban al hombre con sus mentes, Jujuy todo vio suspendido su latir en ese instante.
Un tropiezo, una duda...
El cielo había retornado despaciosamente a su llanto, la gente se levantaba los cuellos, se
prendía las camperas, abrían los paraguas, pero no abandonaban sus sitios. La crecida ahora también cubría la isla donde habían estado los pequeños, hacía temblar los cimientos del puente y aflojaba el nudo entre el hombre y el niño mayor, el poderío de las aguas lo iba poniendo horizontal, tironeándolo.
De repente, hubo un instante de vacilación, de fiera lucha, de un velado carcajeo... el hombre perdió el paso y tambaleó... para enderezarse luego como un dios del mar, chorreante, poderoso, su mano rápida sujetó al niño que se resbalaba. De un tirón lo apretó a sí y con uno en andas y el otro casi flotando pechó y pechó hasta que las gargantas de muchos se estrujaron, las lágrimas reventaron y un aplauso mitigó la lluvia y silenció al Río Grande cuando el héroe depositó los niños a salvo sobre la orilla.


AHORA SÍ VA EL NUESTRO

DESDE EL CIELO


Una madrugada de verano, luego de pelearme con Victoria, decidí sentarme en el murallón de la Fascio a fumarme un cigarrillo, mientras el viento golpeaba mis mejillas y las lágrimas mojaban mi rostro.
El cielo anunciaba la aproximación de una gran tormenta. Mi tristeza impidió darme cuenta que este empezaba a despedazarse a cántaros. Al verme mojado me levanté rumbo a casa y es en ese momento en el que reaccioné al ver un amontonamiento de gente que se mezclaba con gritos de auxilio, balanceándose sobre el río y la sirena del coche bomba.
Intenté comprender lo que estaba sucediendo hasta que dirigí mi mirada hacia donde se centraba la atención de la gente, y vi lo que ocurría: se trataba de la vida de dos niños que estaban en las manos de la corriente del río.
El agua cubría la rodilla del hermano mayor, mientras este sostenía al más pequeño. Al ver la inoperancia de los bomberos y la gente acobardada, no dudé en lanzarme al rescate de los niños.
Al entrar al río, sentí la fuerza del agua por mis piernas y las piedras que golpeaban mis canillas. Llegué al montículo de piedras donde se encontraban y logré alzarlos y los llevé hacia la otra orilla donde ya se encontrarían a salvo. Cuando llegué y bajé a los niños, sentí el aliento de la gente; mis piernas se aflojaron y es así que perdí todas mis fuerzas.
Ya había cumplido mi misión, solo faltaba salvarme a  mí mismo. En ese instante era mi vida la que estaba escurriéndose entre las manos de la corriente. Solo recuerdo la paz de mi alma y mi cuerpo yéndose con el río.
La verdad, me hubiese gustado contárselos en persona, pero lamentablemente no lo puedo hacer.
Ahora estoy feliz al saber que los pude salvar.
Cambié sus vidas por las mía, se los cuento desde aquí arriba…


POR ÚLTIMO, EL COLLAGE...



Belén Cortez, Marianela Alcoba, Adriana Díaz, Agustina Villalba, Solana Ríos.

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